La fábula de la rana hervida narra que, si la ponemos en agua hirviendo, naturalmente saltará de manera inmediata para salvarse; en cambio, si la colocamos en agua tibia y lentamente la vamos calentando, entonces se acostumbrará al aumento de temperatura y morirá sin intentar escapar. Esta metáfora, que nos alerta ante la falta de reacción frente cambios súbitos riesgosos, se puede aplicar al caso mexicano de la relación entre el gobierno y la sociedad civil de los últimos ocho años.
No es que durante los gobiernos del PRI y del PAN de 1994 a 2018 hayamos tenido una etapa de romance o siquiera de co-gobernanza horizontal, nada por el estilo, en esa época sucedieron también tensiones como las declaraciones del presidente Ernesto Zedillo que con cierto desdén afirmó ante la ONU que las Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) no le iban a decir al gobierno como gobernar, o la cooptación de buena parte de los donativos privados destinados a la Fundación Vamos México, una organización cuasi gubernamental dirigida por la esposa del presidente Vicente Fox; o el intento de reformar la legislación fiscal para que las OSC tuvieran un tratamiento impositivo similar al de las empresas durante el gobierno del presidente Felipe Calderón; o el uso del software Pegasus para espiar a líderes de organizaciones civiles en la presidencia de Enrique Peña Nieto. Sin embargo, estos y otros momentos de tensión palidecen frente al distanciamiento que inició desde los primeros días del gobierno de la 4T con el presidente Andrés Manuel López Obrador, y que, al parecer, continuará en la segunda etapa de la 4T con el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
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