La economía que no miramos. ¿Por qué el sector sin fines de lucro importa más de lo que creemos?

 

Humberto Muñoz Grandé
Carlos Chávez Becker

Recientemente el INEGI publicó el reporte de resultados de la Cuenta Satélite sin Fines de Lucro en México 2025. En un momento en donde las libertades de asociación, expresión y reunión pacífica son cuestionadas en varios países de nuestro continente, incluido el nuestro, vale la pena resaltar las dimensiones de un sector que parece seguir siendo invisible a algunos ojos. A continuación, presentamos el análisis de este reporte.

En México solemos hablar de economía como si fuera un territorio exclusivo de empresas, mercados y grandes industrias. El lenguaje que usamos —crecimiento, productividad, competitividad— parece diseñado para dejar fuera todo aquello que no persigue el lucro como fin último. En ese marco, las organizaciones de la sociedad civil aparecen, cuando mucho, como actores bienintencionados, útiles para atender emergencias o paliar carencias, pero ajenos a la “economía real”. La Cuenta Satélite de las Instituciones Sin Fines de Lucro 2024 viene a cuestionar de raíz esa mirada reducida.

Los datos son incómodos porque obligan a repensar categorías. El sector sin fines de lucro representa 3.3 % del Producto Interno Bruto nacional, una proporción similar —y en algunos casos superior— a la de sectores que ocupan un lugar central en la narrativa económica del país. No se trata de una cifra anecdótica ni simbólica. Es una contribución estructural, sostenida y, además, en crecimiento: 5.7 % más que el año anterior. Ignorar este dato no es solo un descuido técnico; es una decisión política y cultural.

Comparar suele ser revelador. Mientras el sector minero —incluyendo petróleo y gas— aporta alrededor de 3.0 % del PIB, y el sector primario ronda el 4.1 %, las instituciones sin fines de lucro se sitúan en medio, con 3.3 %. Sin embargo, nadie habla del “milagro” del Tercer sector ni se discute su futuro en clave estratégica. Tal vez porque sigue incomodando la idea de que una parte relevante de la economía no se organiza alrededor de la ganancia privada, sino de fines sociales, educativos, culturales o comunitarios.

Dentro del propio sector, la fotografía también desafía estereotipos. Cuarenta de cada cien pesos del PIB del sector provienen de organizaciones dedicadas a la enseñanza y la investigación. No es un detalle menor. En un país que enfrenta rezagos históricos en educación, ciencia e innovación, el hecho de que buena parte del valor generado por el tercer sector se concentre en estas actividades debería encender alertas —y también abrir oportunidades—. No hablamos solo de “ayuda social”, sino de producción de conocimiento, formación de capacidades y construcción de futuro.

También persiste la idea de que las organizaciones sin fines de lucro viven al margen del empleo formal, sostenidas casi exclusivamente por el altruismo. Los datos desmienten esa percepción. Más de 4 % de los puestos de trabajo remunerado en México se generan en este sector y la mayoría son ocupados por mujeres. En un mercado laboral profundamente desigual, las instituciones sin fines de lucro aparecen como un espacio donde la participación femenina no solo es mayoritaria, sino estructural. Quizá valga la pena preguntarse qué prácticas organizativas, culturales y laborales explican este fenómeno, y por qué no suelen trasladarse a otros ámbitos de la economía.

Pero si hay un dato que sacude cualquier intento de minimizar al sector es el del voluntariado. 3.4 millones de personas participan como voluntarias en las instituciones sin fines de lucro en México. Dicho de otra forma: el voluntariado organizado en el país tiene el tamaño poblacional de un país pequeño. No es una actividad marginal ni ocasional; es una forma masiva de participación social que requiere organización, tiempo, habilidades y, sobre todo, compromiso sostenido.

Más aún, cuando ese trabajo voluntario se traduce a términos económicos, el resultado es difícil de ignorar. Su valor estimado en 2024 supera los 341 mil millones de pesos, una cifra comparable con industrias plenamente reconocidas en la contabilidad nacional. El trabajo que no se paga, pero que sostiene comunidades, servicios y derechos, resulta ser una de las aportaciones más grandes a la economía mexicana. El problema no es que no exista; el problema es que no siempre queremos verlo.

Como era de esperarse, el sector también reproduce algunas de las desigualdades territoriales del país. Más de una quinta parte del PIB del sector se genera en la Ciudad de México, lo que refleja la centralización histórica de recursos y capacidades. Esto no invalida el aporte del sector, pero sí plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si las organizaciones sin fines de lucro contaran con mejores condiciones para crecer y consolidarse en las regiones con mayores carencias?

México no está solo en este esfuerzo de medición. Apenas 19 países en el mundo elaboran la Cuenta Satélite de las Instituciones Sin Fines de Lucro (ver figura 1), y el caso mexicano es uno de los más actualizados. Por encima de México se ubican la India con una participación del PIB del 6.8%, Mozambique 6.1%, Israel 5.2%, Bélgica 4.9% y Australia con 3.8%. Medir no es un acto neutral: es una forma de reconocimiento. Aquello que se mide entra en la conversación pública, en el diseño de políticas, en la disputa por recursos. Lo que no se mide, simplemente no existe para la toma de decisiones.

Figura 1. Aportaciones al PIB en países con Cuenta Satélite

Tal vez el mayor aporte de la Cuenta Satélite no sea solo estadístico, sino narrativo. Nos obliga a cuestionar la idea de que la economía es un espacio reservado para unos cuantos actores y a reconocer que una parte sustantiva de la riqueza del país se genera desde la cooperación, la solidaridad organizada y el compromiso social. Mirar al sector sin fines de lucro como lo que realmente es —un actor económico, social y político de primer orden— no es un gesto romántico. Es, simplemente, una forma más honesta de entender cómo funciona México.

 

Referencia

  • INEGI. Cuenta Satélite de las Instituciones sin Fines de Lucro de México (CSISFLM). Reporte de Resultados 2025. 28.11.2025

 

Humberto Muñoz Grandé

Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores de México. Es Doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Maestro en Administración Pública y Licenciado en Finanzas. Tiene publicaciones científicas, capítulos en libro y libros de autoría producto de más de 12 años investigando la relación entre gobierno y sociedad civil en México y algunos países de Latinoamérica; así como temas relacionados con responsabilidad social en dependencias gubernamentales y en las organizaciones de la sociedad civil. Es Coordinador del Doctorado en Innovación en Responsabilidad Social y Sostenibilidad y docente de posgrado en la Universidad Anáhuac, y de la Universidad de Santo Tomás de Colombia. Es Miembro del Executive Board de la International Society for Third Sector Research (ISTR), así como del Comité Editorial del International Journal of Voluntary and Nonprofit Organisations, y de otros comités académicos de diversas universidades. Es investigador invitado de Laboratorio de Análisis de Organizaciones y Movimientos Sociales (LAOMS) del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) desde el 09 de abril de 2025. Fue Secretario Ejecutivo del Consejo Consultivo de la Ley Federal de Fomento a las Organizaciones de la Sociedad Civil en México, desde donde promovió el marco institucional de fomento a los derechos de las OSC a nivel nacional y local. Consultor para la OCDE y la OPS/OMS. En el gobierno federal mexicano fue director general adjunto de análisis político en la Secretaría de Gobernación, asesor en el Senado de la República y Secretario Técnico en la Secretaría de Salud.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *