Reflexiones sobre la vinculación sociedad civil-gobierno en materia de política exterior Clara Diez de Sollano Enríquez

Desde hace algunos años las organizaciones de la sociedad civil han encontrado en los espacios internacionales, un terreno fértil para plantear temas que en sus propios países no han encontrado escucha activa. Es por este interés que las prácticas dentro de los espacios multilaterales poco a poco se flexibilizan y comienzan a integrar las voces de actores no estatales, quienes según Gómez Robledo “ejercen presión sobre los Estados y el propio sistema multilateral para definir y modificar agendas, acuerdos y relaciones en el plano internacional.” (citado en Alejo, 2014).

El quehacer diplomático se enfrenta a una realidad distinta, en donde los actores se diversifican y las arenas de negociación son cada vez más complejas y plurales. La tendencia global apunta hacia la inclusión de actores no gubernamentales en la construcción de la política exterior de los países, como expresión de gobernanza. La diplomacia ciudadana, se convierte en una práctica frecuente, la cual es definida por Andrés Servin (citado en Páez, 2015) como un “conjunto de esfuerzos de cabildeo, negociación, denuncia y movilización, dirigidos a incidir en ciertas instancias de gobierno y en los organismos multilaterales por parte de las organizaciones de la sociedad civil, en función de un esfuerzo por democratizar las relaciones internacionales y los foros multilaterales.”

La tendencia, tal como lo dice Carlos Zarco, es irreversible: “Es claro que el diálogo gobierno – sociedad civil ha llegado para quedarse. Lo hemos venido construyendo desde hace largo tiempo y estaremos atentos a los mecanismos y procedimientos para darle continuidad”. Sin embargo, el espacio de encuentro entre los gobiernos y su sociedad civil no tendría que darse solamente en las instancias internacionales, aun cuando en muchas ocasiones así ocurre. Es, por lo tanto, momento de reflexionar en torno al perfeccionamiento de estos espacios de participación e incidencia, comenzando desde los mecanismos implementados a nivel nacional.

Sobre la construcción de la confianza en los espacios de diálogo

El tema de la confianza no es asunto fácil en México y mantener la confianza en los espacios de diálogo gobierno-sociedad civil, se ha convertido en un arte en evolución en ambos sectores que integran esta relación.

Por un lado, la interacción entre sociedad civil y gobierno en México tiene una gran historia, cargada de relaciones de poder desiguales e injustas. La misma construcción de nuestro país se basó en acciones de sometimiento, sujeción y negación que permanecen hoy en día en algunas premisas histórico-psicosocioculturales del mexicano (Díaz Loving, 2008). En muchos espacios, la relación entre estos sectores sigue dándose de manera jerárquica, en donde el poder es ejercido por el gobierno, como un padre que ofrece protección al hijo, y en donde éste último le otorga su obediencia a cambio de esta protección.

Si bien muchas organizaciones de la sociedad civil continúan trabajando bajo este esquema, muchas otras han tratado de transitar hacia una relación más igualitaria, en donde el poder y la responsabilidad son compartidas. Existen muchos casos exitosos de construcción conjunta de política exterior en México, en donde esta relación se ha logrado redefinir y ha generado buenos resultados (Alejo, 2014).

Por su parte, muchos funcionarios aún ven a la sociedad civil como un actor en el cual no se puede confiar ya que no tiene la capacidad técnica para generar aportaciones, ni una visión amplia y estratégica de Estado.  Si consideramos a la confianza como un elemento fundamental en la construcción de política exterior, puesto que las decisiones deben ser tomadas siempre en contextos de ríspidas negociaciones en donde las cartas no deben bajarse hasta el último momento, estas premisas de algunos funcionarios públicos dificultan el diálogo con la sociedad civil desde su inicio.

Desde la visión gubernamental, muchas veces esta lógica del ejercicio de la diplomacia choca con la realidad de una sociedad civil cada vez más globalizada, en donde las redes internacionales comunican la información de manera amplia, inmediata y con pocas restricciones. Por lo tanto, para muchos diplomáticos la sociedad civil se ha convertido, más que en un aliado con el cual se puede construir una posición de país, en otro jugador en el tablero de una negociación multilateral, con intereses poco claros y estrategias de incidencia trasnacionales de gran impacto.

Aunado a lo anterior, la participación de sociedad civil significa diversos sobre-esfuerzos para ambos sectores. Por un lado, las propuestas de sociedad civil suelen romper con el statu quo de las instituciones que definirán y aplicarán los acuerdos internacionales. Las Cancillerías, deben entonces generar acuerdos interinstitucionales para incorporar las visiones de sociedad civil, en medio de una estructura jerárquica que se mueve aún más lentamente que las arenas de negociación multilateral.

Por su parte, las organizaciones de la sociedad civil se enfrentan a una enorme demanda de tiempo y recursos para darle seguimiento a la evolución de las agendas y las negociaciones, con el objeto de identificar las oportunidades de incidencia. El proceso es largo, lento y cíclico, por lo que es fácil que se dé un excesivo desgaste.

Es aquí en donde entra la pregunta de si estos mecanismos de participación en política exterior deben plantearse como espacios institucionalizados, o si debe privilegiarse la flexibilidad y frescura de los mismos, y más aún, si debemos asumir que tendrán un ciclo de vida con sus respectivas crisis y fechas de caducidad.

Sumado a la reflexión sobre la complejidad de los espacios de participación, el componente emocional que muchas veces define las dinámicas de grupo, debería ser un aspecto de mayor relevancia en el análisis de la confianza en la relación sociedad civil- gobierno. Después de todo, los espacios de diálogo sociedad civil-gobierno son grupos en donde se da la interacción entre personas, no solo entre ideas.

Desde este punto de vista, las condiciones para el diálogo deberían de pasar por el reconocimiento del otro como un interlocutor digno de ser escuchado y con capacidad de aportación. Horton Cooley (citado en Bericat, 2000) lo planteaba en su concepción del yo social o el yo-espejo, al afirmar que “una autoidea de este tipo (el yo social) tiene tres elementos principales: la imaginación de cómo aparecemos ante la otra persona; la imaginación del juicio de ésta sobre tal apariencia, y una especie de autosentimiento, como orgullo o mortificación”. En los espacios de participación y diálogo, el reconocimiento de la sociedad civil como un actor con capacidad de aportación, abona a la creación de emociones de orgullo y valoración, que finalmente fortalecen las relaciones con el otro e incrementan la confianza. Todo espacio de participación debería tener este elemento desde su punto de partida. De lo contrario, decrece la valoración de la autoimagen que, formada desde la perspectiva del otro, siente amenazada su autonomía en un espacio simulado.

Desde la práctica, es común observar dos tipos de dinámicas en estos espacios de diálogo: 1) cuando las condiciones del espacio digno, el equilibrio de los actores sociales y la actitud receptiva de los actores gubernamentales no son los óptimos para el diálogo, puede generarse lo que Thomas J. Scheff (citado en Bericat, 2000) denomina vínculos inseguros, manifestados de dos maneras, el aislamiento de –que impide el entendimiento-, o la absorción por –que no da lugar a críticas- ; y 2) en el mejor de los casos, se pueden generar vínculos seguros, definidos como “esa distancia óptima de interacción donde el individuo ni es anulado o engullido por la relación o el grupo, ni tampoco se encuentra totalmente aislado”. Esta vinculación segura “no implica necesariamente acuerdo, pero sí conocimiento y aceptación de acuerdos y desacuerdos”, elementos característicos del diálogo.

Si al diseñar los espacios de diálogo sociedad civil-gobierno consideramos lo que nos indica Scheff, al afirmar que los vínculos inseguros llevarán a los grupos a la desintegración y al conflicto, y los seguros a la solidaridad y cooperación, quizá comenzaremos a tener mejores resultados en materia de participación de sociedad civil.

Las redes y la incidencia en política exterior

Al hablar de la complejidad de las relaciones inter e intra grupales, así como del desgaste y la enorme demanda de recursos que implica el trabajo de incidencia y la apertura de espacios de participación, la efectividad y el trabajo en redes se convierten en elementos clave de esta reflexión. Así se lee en la afirmación de Carlos Zarco cuando plantea que: “El tamaño y complejidad de los desafíos que enfrentamos en el mundo y en nuestro país, reclama la capacidad de reunir la inteligencia, la visión y la experiencia de los más posibles, a fin de encontrar los mejores caminos, las mejores soluciones… De nuestro lado, como organizaciones, desde la pluralidad que nos caracteriza, estamos llamados a construir nuestras posiciones comunes para ganar en efectividad en nuestra relación con el gobierno en sus diversos niveles”.

A su vez, Salvador Martí Puig destaca la importancia de las redes activistas como un nuevo actor político trasnacional, rescatando la capacidad de incidencia como una realidad que es posible. Mediante diversas manifestaciones de la protesta, que incluyen las marchas y la utilización de nuevas tecnologías de la información y comunicación, los actores políticos colectivos generan estructuras con fuerte identidad grupal, manteniendo una organización flexible.

Estos actores son cada vez más visibles en los marcos de las negociaciones internacionales, ampliando su abanico de acción también a espacios alternativos, paralelos y locales. Por su parte, las redes trasnacionales de defensa, aglutinan a gran cantidad de organizaciones locales e internacionales en torno a un tema, implementando intensas estrategias comunicativas basadas en símbolos y valores.

Las grandes conferencias de Naciones Unidas se convierten, año con año, en el escenario en el cual este tipo de redes y/o grupos despliegan elaboradas estrategias de incidencia, las cuales integran: el desarrollo de propuestas técnicas, la generación de alianzas, la incidencia a nivel local y global mediante la interlocución con actores clave, la movilización de personas, el lanzamiento de campañas mediáticas, así como la creación de espacios alternos, entre otras.

Dentro de los espacios oficiales, en donde se dan las negociaciones multilaterales y en donde las decisiones son tomadas en tiempo real y en cuestión de horas, la búsqueda y creación de oportunidades de interacción entre la sociedad civil y los tomadores de decisión se convierte pues en la herramienta más útil de transparencia para el gobierno y de incidencia para las redes. Es por esto que al generar espacios de diálogo gobierno-sociedad civil, éstos deben ser pensados y construidos en función de la diversidad de las manifestaciones de la sociedad civil actual.

Reflexiones finales

En un contexto mundial plagado de retos monumentales, la búsqueda de soluciones y reparaciones de los errores cometidos, forzosamente deberá incluir a la diversidad de actores que componen a nuestras sociedades. Si ese es el fin último, el diálogo deberá por lo tanto convertirse en el principio de todos los espacios de construcción conjunta.

El éxito del diálogo, no solo se encuentra en la calidad de las ideas, también radica en el perfeccionamiento del arte de construir vínculos seguros, tanto entre sociedad civil y gobierno, como dentro de la propia sociedad civil. En México el diálogo es un gran reto, es un esfuerzo que se estrella de frente con nuestra historia y nuestras creencias más profundas.

Habrá que releer una y otra vez el Laberinto de la soledad de Octavio Paz, para conciliar al mexicano que solamente en la soledad se atreve a ser, con los mexicanos que se han atrevido a ser con otros y así se han acercado al mundo.

Referencias

Alejo, A. (2014) Aprendizajes: política exterior y sociedad civil en México. México. Secretaría de Relaciones Exteriores/ Dirección General de Vinculación con Organizaciones de la Sociedad Civil. P. 9.

Bericat, E. (2000) La sociología de la emoción y la emoción en la sociología. Papers: revista de sociología, nº 62, pp. 145-176.

Díaz, R. (2008) De la psicología universal a las idiosincrasias del mexicano. En Díaz, R. (Comp.) Etnopsicología del mexicano, siguiendo la huella teórica y empírica de Díaz-Guerrero, p. 28. México. Ed. Trillas.

Martí, P. (2014) Redes activistas en el mundo global e interconectado: un nuevo rol de la sociedad civil organizada. En Cubero, E., Alejo, A. (Comps.) La relación entre gobierno y sociedad civil, miradas internacionales, pp. 117-125. México. Secretaría de Relaciones Exteriores de México/ Dirección General de Vinculación con Organizaciones de la Sociedad.

Páez, J. (2015) La participación de las osc mexicanas en el ámbito internacional, aportaciones para una democracia participativa. En Preciado, J. (Coord.) Teorías y debates sobre la democracia participativa, p.223. Guadalajara, México. Universidad de Guadalajara.

Paz, O. (1950) El laberinto de la soledad. México. Fondo de Cultura Económica.

Versión estenográfica de la intervención de Carlos Zarco Mera en el Foro de Consulta Ciudadana para la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo “México, Actor con Responsabilidad Global”. Recuperado el 19 de febrero de 2016, en http://saladeprensa.sre.gob.mx/index.php/discursos/2397-007

Clara Diez de Sollano Enríquez

Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Chihuahua. Actualmente cursa la maestría en Gobierno y Asuntos Públicos (FLACSO-México). Ha coordinado proyectos de investigación sobre el espacio propicio de desarrollo de la sociedad civil en México y tiene estudios en cooperación internacional para el desarrollo. Ambos en el en el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. Cuenta con otros estudios en temas de política exterior en el Centro de Estudios Internacionales del COLMEX; y en profesionalización de OSC en el Centro para el Fortalecimiento de Sociedad Civil A. C. Ha colaborado con diversas organizaciones de la sociedad civil en temas de desarrollo institucional e incidencia. Fue Jefa de Departamento de Vinculación con Organizaciones de la Sociedad Civil en la SRE. Ahí participó en la implementación de las estrategias de vinculación con la sociedad civil para cumbres como COP16 y G20, así como en la realización de consultas de la Agenda de Desarrollo 2030, entre otros procesos.

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