Entre el mundo de la ideas, las acciones políticas y el compromiso social. Ayotzinapa: Caminos frente a una realidad social en crisis. Laura Montes de Oca

Para Rodolfo Stavenhagen, por su calidez humana y generosidad intelectual.

Escribimos porque México y su gente merecen mucho más: un verdadero estado de derecho, justicia. Ningún gobierno puede permitirse realizar ni que se realicen actos de barbarie como los acontecidos en Ayotzinapa.Carta Abierta de Académicos desde el Extranjero. #AyotzinapaSomosTodos

El intelectual, en primer lugar, tiene que entender y ayudar a entender lo que está pasando. Sobre todo, con una visión integral y con una responsabilidad hacia la sociedadRodolfo Stavenhagen

Dos acontecimientos contradictorios fueron fuente de inspiración de este texto. El primero, un hecho público lamentabilísimo que muestra la descomposición social y, sobre todo, política del México de hoy: la desaparición de 43 estudiantes y el asesinato de seis personas, tres de ellos también estudiantes, de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa (en Iguala, Guerrero), el pasado 26 de septiembre. El segundo, un evento privado que contrasta con el anterior por su carácter gratificante y esperanzador. Me refiero a la entrevista que realicé con un intelectual mexicano que ha dejado huella en el desarrollo de las ciencias sociales en México y América Latina, a quien le dedico esta reflexión como muestra de agradecimiento: porque sus palabras aparecieron como un oasis en un desierto; como una luz en un camino lleno de incertidumbre. (Cabe mencionar que esta entrevista es el insumo de un proyecto colectivo entre el Instituto de Estudios Peruanos, la University of Southern California y la Universidad de Chile; con el que se busca trazar el desarrollo del pensamiento político latinoamericano a través de la trayectoria profesional de doce de sus fundadores.)

Ambos hechos, en una conjugación de indignación e impotencia, por un lado; y de búsqueda de soluciones, por el otro, fueron fuente de inspiración para la reflexión que a continuación comparto con ustedes.

I. Las consecuencias sociales de la indignación

No hay palabras para expresar el horror y la rabia que sentimos por el asesinato de seis personas, entre ellas tres estudiantes de la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa (uno de ellos de forma por demás salvaje), y por la desaparición, a manos del gobierno y la policía local, de otros 43 estudiantes.Carta Abierta desde el Extranjero. #AyotzinapaSomosTodos

Coincidiendo con lo expresado por Académicos mexicanos y de diversas nacionalidades radicados en el extranjero, los hechos de Ayotzinapa nos dejan sin habla y con una gran indignación… situación que lamentablemente puede desencadenar una espiral de violencia difícil de frenar. Porque como lo dijeran diversos estudiosos de los movimientos sociales, la indignación es la fuente emotiva de toda movilización social. En palabras de los sociólogos franceses Luc Boltanski y Ève Chiapello, la indignación representa el primer momento de inconformidad frente a una situación social específica.

Las acciones que, en un segundo momento, siguen a esta indignación pueden tomar  caminos muy distintos. De una fuente emotiva de molestia se puede construir un dispositivo que, primero, busca denunciar el hecho indigno; y luego proponga transformar la situación social y política que lo generó. Otra consecuencia de esta indignación que opera como mecanismo de defensa es la negación de la realidad; la cual se traduce en indiferencia ante una situación que se percibe ya sea ajena, o bien, difícil de transformar. En este camino la indignación se transforma en impotencia, y ésta en inacción. El otro camino, en el que se busca no sólo la denuncia sino la transformación, puede tomar diversas direcciones. Éste es un camino cuyas bifurcaciones nos pueden llevar a acciones violentas, las cuales, en lugar de apagar el fuego existente, lo atizan desencadenando una espiral de violencia difícil de frenar. Pero, también este camino nos puede llevar a construir una crítica social orientada al debate público, el diálogo y la construcción conjunta de soluciones.

Esta última vía es la que, descartando la ruta de la violencia, puede frenar y no generen más muertes. Pero ¿es esta vía un trayecto viable? ¿Es posible, ante un clima tan descompuesto, sentarnos en una mesa para dialogar, debatir públicamente y construir soluciones en conjunto? Después de charlar con Rodolfo Stavenhagen -antropólogo y sociólogo por vocación, y activista social por convicción- tomó forma esta posibilidad. Sus palabras me hicieron vislumbrar la salida a un callejón obscuro que parecía sin salida. Salida que, empero, no implica una solución inmediata sino de mediano y largo plazo. Una solución integral en la que los intelectuales, los académicos de este país, podemos aportar ideas.

II. Por una solución integral. El papel de los intelectuales y los políticos

Un debate permanente, abierto y público es muy importante, incluso con los políticos que tanto despreciamos y que nos desprecian igual… porque esto va para largo. No hay soluciones mágicas ni inmediatas. Infelizmente no; ni para el gobierno ni para las comunidades.  Rodolfo Stavenhagen

¿Qué implica esta solución? En primer lugar, compromiso social; en segundo, ideas; y, en tercero, acciones. El fundamento es el compromiso social. ¿De quién? De gobernantes y ciudadanos; de académicos y organizaciones sociales; de empresarios y políticos… de quienes integramos este todo social llamado México. Todos tenemos un compromiso eminentemente humano hacia los demás individuos que integran, como lo dijera el sociólogo alemán Norbert Elias, la configuración social. Es decir, ese entramado de individuos que, vinculados afectiva y funcionalmente, amalgaman la sociedad. Entonces, de esa fuente primaria de indignación, debemos despertar en cada uno de nosotros el compromiso social por el país en que vivimos. Si canalizamos la energía generada por la indignación en una fuerza constructiva -y no destructiva- podremos enfrentar esta afectada realidad a fin de transformarla.

Ahora bien, además del compromiso se requieren ideas y acciones. Esta combinación (ideas-acciones) es esencial para no tomar decisiones equivocadas (por ejemplo, el camino de la violencia antes referido). En lo primero, en la construcción de ideas, el papel de los intelectuales (sobre todo de las ciencias sociales) es central. Lo segundo -acciones inteligentes, es decir, basadas en ideas y no en pasiones, suposiciones o arrebatos- requiere la voluntad y capacidad de los gobernantes, de quienes toman las decisiones públicas. Es importante resaltar la necesidad de que ambas se presenten conjugadas. Ideas sin acciones se tornan insuficientes; mientras que acciones sin ideas pueden ser muy peligrosas. De ahí que el papel de los intelectuales y los políticos sea tan importante. Pero, para hacer posible esta solución se requiere, por una parte, que los intelectuales dejen sus torres de marfil para ‘ensuciarse’ las manos con la realidad; y, por la otra, que los políticos abandonen, al menos momentáneamente, su mezquindad a fin de rebasar los intereses de tipo electoral o partidista.

Concentrémonos, primero, en el papel de los intelectuales. Como lo dijera Stavenhagen en la entrevista realizada, los intelectuales -quienes “en su torre de marfil echan gritos e insultos a todo el mundo, afirmando que solo ellos tienen la verdad”- deben acercarse a la realidad social y política para aportar ideas que permitan, no sólo explicarla, sino generar alternativas. Ahí es donde el intelectual -quien por definición, siguiendo al jurista-filósofo-politólogo italiano Norberto Bobbio, es “alguien que no maneja objetos sino símbolos y cuyos instrumentos de trabajo no son las máquinas sino las ideas”- incide en la política y en la vida social de su entorno.

En momentos tan críticos como éste es que, quienes ocupamos alguna silla en el privilegiado mundo académico, debemos asumir nuestra responsabilidad con la sociedad. Porque los intelectuales, cuya función es -nuevamente en palabras de Bobbio- “crear, portar y difundir ideas”, tenemos una responsabilidad pública que se traduce en construir conocimiento social y políticamente útil. Conocimiento que permita entender los fenómenos sociales pero también que proponga alternativas viables frente a problemáticas específicas. Independientemente de la denominación que se prefiera -ideólogos y expertos, intelectuales orgánicos y tradicionales, o bien humanistas y técnicos- estamos obligados a dar ideas a partir del conocimiento que hemos construido en nuestras torres de marfil. Ideas que puedan ser “una guía para la acción” o un medio para alcanzar un fin determinado o bien.

Nuestra primera tarea consiste en construir el problema… descomponerlo en sus factores intervinientes para, luego, agregarlos en explicaciones integrales. Generalmente, en situaciones de crisis, los seres humanos perdemos el panorama general, el bosque; y nos concentramos en mirar las hojas de un solo árbol. La aportación de los intelectuales puede ir en ese sentido. En ayudar a mirar el bosque; a entender el problema de manera amplia para poder afrontarlo, también, de manera integral. Parafraseando a Stavenhagen, esto implica un esfuerzo conjunto para diseccionar este problema a fin de captar los factores y elementos básicos, con miras a reintegrarlo de una forma significativa que favorezca la construcción de soluciones sistémicas.

En este punto es importante enfatizar la necesidad de que el intelectual abandone el mundo de las ideas y deje atrás el papel de “utopista” porque ¿qué sentido tiene generar ideas si éstas no sirven para mejorar la comprensión de la realidad y, en última instancia, para tomar mejores decisiones públicas? Aquí, la preocupación no debería estar en decidir si el conocimiento está o no al servicio del poder; el conocimiento debe estar al servicio del interés general, del beneficio colectivo. Entonces, el involucramiento de los intelectuales en la vida pública (a fin de aportar ideas para solucionar problemas específicos) es central. Esto implica que los intelectuales dejemos el limbo en el que solemos situarnos para acercarnos al entorno que nos rodea.

Pero como en este involucramiento con la realidad el conocimiento puede resultar ‘contaminado’ con intereses políticos y económicos -recordemos, con el filósofo mexicano León Olivé, que la construcción de conocimiento no conlleva un problema ético, sino que éste deviene con su aplicación-, resulta preciso que los intelectuales mantengan una autonomía de pensamiento. Eso es lo que posibilita proponer explicaciones plausibles sobre el mundo y, con ello, soluciones a problemas como el que nos ocupa. Esta autonomía, que va de la mano con el compromiso social antes mencionado, en palabras de Stavenhagen implica que los intelectuales se construyan su propia responsabilidad: No es que acepten la “línea” de alguien, ya sea del gobierno, de la oposición, del partido, o del grupo de activista. El intelectual con compromiso social es aquel que -retomando la clasificación propuesta por Laura Baca Olamendi- asume su tarea no sólo como “intelectual puro” sino como educador, revolucionario y hasta como filósofo militante. Ahí es donde el intelectual, si bien se distingue del político, confluye con lo político.

Al respecto, recordemos con Bobbio que “la tarea del intelectual es la de agitar ideas, evidenciar problemas, elaborar programas o teorías generales”; mientras que “la función del político es la de tomar decisiones”, cada una de las cuales “implica una selección entre distintas posibilidades”. Pero sólo la conjugación de ambas tareas permite llegar a mejores decisiones y soluciones integrales. Pese a ello, en palabras del pensador italiano, muchas veces la urgencia de acción prevalece sobre importancia de la idea: “A través de la cuerda que debería hacernos salir del laberinto, tropezamos continuamente con los nudos. Pues bien: el intelectual es aquel que puede permitirse el lujo de ejercitar su propia paciencia y su propia agudeza para desatarlos. Pero algunas veces el político está obligado a cortarlo”. Sin duda en el ‘caso’ Ayotzinapa estamos frente a la urgencia de la acción; empero, esto no debe eliminar la necesidad de generar ideas que permitan no sólo ‘resolver’ el problema, parcialmente en el corto plazo, sino entender la problemática general a fin de generar soluciones integrales y de raíz. De lo contrario, éste será tan sólo el primer capítulo de una novela de terror que cobrará muchas vidas más.

III. Desatando nudos. El camino de la colaboración

Ayotzinapa forma parte de un enorme nudo que le impide avanzar al país. Por cada cuatro manos que ayudan a deshacerlo, hay cuarenta reforzándolo activa o indolentemente.David Gutiérrez, Crónica

A colación de la anterior cita, y a fin de ganar claridad en el planteamiento, retomemos nuevamente la metáfora del intelectual turinés sobre la cuerda que pierde su utilidad de sacarnos del laberinto, al estar llena de nudos. Sin duda alguna, los actos y omisiones en torno al ‘caso’ Ayotzinapa configuran los nudos de esta cuerda -diseccionémoslos en varios nudos a fin de que sea mejor nuestra comprensión-; pero, además, la cuerda está llena de otros tantos nudos que conforman una gran problemática nacional. Frente a esta situación, si bien el político se ve obligado a cortar algunos nudos para resolver de forma inmediata los problemas, esto no impide que en el mediano y largo plazos, si es que se quieren soluciones duraderas y profundas, se apele al intelectual para desatar los otros nudos y, en su caso, evitar la formaciones de algunos más.

Este ejercicio, desatar y prevenir que se formen otros nudos, implica nuevamente la conjunción compromiso-ideas-acciones. Ello se traduce en distintas formas de colaboración, lo cual requiere una transformación en la cultura política de gobernantes y gobernados. Sobre todo si consideramos que, según un texto de la CEPAL sobre gobierno abierto, “tradicionalmente los gobiernos han basado su gestión en la creencia de que pueden y deben contar con la suficiente capacidad para entender, planear, diseñar, desarrollar y operar todos los asuntos públicos, es decir, las políticas, los programas, los proyectos y las diferentes acciones que lleven al cumplimiento de sus objetivos”. Pero, como lo muestra el ‘caso’ Ayotzinapa, el gobierno además de estar secuestrado por la corrupción, es incapaz de resolver por sí mismo una situación tan compleja. Favorecer la ingerencia de intelectuales -y no intelectuales- en los procesos gubernamentales y de toma de decisión pública requiere una actitud, en ambas partes, abierta y propositiva, que no defensiva o de confrontación.

Lo anterior implica una reingeniería social e institucional en la que las partes involucradas -autoridades, políticos, intelectuales, estudiantes, organizaciones sociales- acepten sus limitaciones y vislumbren las potencialidades del trabajo coordinado. El reto que tenemos ante nosotros, ya sea como intelectuales, como políticos o como ‘ciudadanos de a pie’ es cambiar nuestra actitud hacia el Otro, con la intención de sumar y no restar. Sólo así, retomando las palabras de Stavenhagen para cerrar con broche de oro esta reflexión, será posible sentarnos a discutir públicamente sobre la problemática que circunda este grave acontecimiento; problemática que se resume en la necesidad de frenar el clima de violencia, revertir la condición de desigualdad y pobreza, así como terminar con la situación de inseguridad que amenaza nuestra vida pública y privada.

Jiutepec, Morelos

24 de octubre de 2014

Referencias

Baca Olamendi, Laura (1998), Bobbio: los intelectuales y el poder, México, Océano.

Bobbio, Norberto (1977), “Los intelectuales y el poder”, Nexos, marzo de 1994. Disponible en http://www.nexos.com.mx/?p=7009

Boltanski, Luc y Ève Chiapello (2002 [1999]), El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal.

Carta abierta desde el extranjero – #AyotzinapaSomosTodos http://ayotzinapasomostodos.wordpress.com/2014/10/17/carta-abierta-desde-el-extranjero-ayotzinapasomostodos/

Cusba, Enrique (2012), “Colaboración: El gobierno en doble  vía con las personas”, en Gastón Concha y Alejandro Naser (ed.) El desafío hacia el gobierno abierto en la hora de la igualdad, Santiago de Chile, CEPAL.

Gutiérrez, David (2014) “Ayotzinapa como símbolo”, Crónica, http://www.cronica.com.mx/notas/2014/864010.html

Olivé, León (2000), El Bien, el Mal y la Razón. Facetas de la Ciencia y de la Tecnología, México, Universidad Nacional Autónoma de México.

Laura Montes de Oca

Doctora en Ciencia Social con especialidad en Sociología por el Colegio de México. Actualmente es investigadora asociada “C” del Instituto de Investigaciones Sociales, donde desarrolla el proyecto de investigación titulado: “Gobernanza regulatoria e innovaciones democráticas: Inercias institucionales y alternativas organizacionales en los espacios gubernamentales de participación”. Con este proyecto ha obtenido la Beca para las Mujeres en las Humanidades y las Ciencias Sociales 2014. Entre sus publicaciones más recientes están: “¿Innovaciones democráticas? Análisis del Consejo Consultivo de telecomunicaciones en México”, “Influencia en la toma de decisión pública: Retos organizacionales y de reorganización gubernamental. El caso del Consejo Consultivo de Cofetel”, “Responsabilidad Social Empresarial: ¿Hacia una reorganización ética del mercado?”, “El TLCAN en México y sus implicaciones regulatorias en materia de telecomunicaciones”, y “Activistas anticorporativos y elite económica. Desafíos analíticos sobre la interacción movimiento-contramovimiento”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *